Argumentar nos sirve para defender nuestras opiniones. Si estamos enzarzados en una discusión y queremos que se nos tome en serio, tenemos que ofrecer razones que sustenten nuestro punto de vista. En este juego dialéctico existen herramientas para hacer nuestro discurso más efectivo y también trampas argumentativas llamadas falacias, que son argumentos no válidos en un debate riguroso, pero que los contendientes pretenden hacer pasar como auténticos.
Algunos sencillos ejemplos de argumentos falaces son los siguientes:
Pregunta compleja: "¿Has abandonado ya la bebida?"
Ad ignorantiam: -"El Yeti habita en el Himalaya" -"¿Cómo lo sabes?" -"¿Cómo sabes que no es así?"
Circular: -"¿Por qué Uri Geller doblaba cucharas?" -"Porque era un mago"
Ad hominem: -"¿Cómo puedes exigirme que estudie si tú no acabaste el bachillerato?"
De autoridad: -"La esclavitud es algo justo, Aristóteles tenía esclavos."
Ad baculum: -"Si haces botellón en la calle, te pueden poner una multa."
Ad populum: -"Tienes que venir a visitarme, ¿Es que ya no me quieres?"
Ex populo: -"La dieta Duncan es buena. Cinco millones de franceses no pueden estar equivocados."
De falsa causa: -"Si llevo mi amuleto de la suerte, seguro que apruebo el examen."
De generalización apresurada: -"Una vez, un negro me robó el bolso. No quiero saber nada de ellos."
